Primero tuvieron que luchar para ser admitidas en la educación. INTERFERENCIA revisó la historia que las luchas de las mujeres chilenas para adquirir derechos y reconocimiento jurídico, social y político.
La primera mujer que ingresó a
la universidad en Chile fue Dolores Egaña Fabres, quien el 4 de marzo de 1810
se matriculó en la Real Universidad de San Felipe donde cursó estudios de
Filosofía. Sólo siete décadas después, en 1877, la Universidad de Chile admitió
en sus aulas a la primera promoción femenina. El ministro de Educación de la
época, Miguel Luis Amunategui, quien llegaría a ser rector de la U, les otorgó
esa oportunidad.
Por esos años, dos educadoras,
Antonia Tarragó e Isabel Le-Brun de Pinochet, acosaron a las autoridades
universitarias pidiéndoles la aceptación de sus alumnas. De aquella promoción
que ingresó a la Universidad de Chie egresaron las doctoras Eloísa Díaz y
Ernestina Pérez. La dos primeras médicos de América latina. Por otro lado, Paulina
Starr obtuvo sutítulos de Flebótomo –dentista- en 1884 y tres años más tarde
Glafira Vargas se recibió de Farmacéutica.
Pronto, otros nombres se
sumaron a estas mujeres profesionales. Matilde Throup fue la precursora de las
mujeres abogados en Chile titulándose en 1892. Su caso sirvió de precedente
para que Argentina y Bélgica otorgaran dichos títulos universitarios a las
mujeres.
Justicia Cuña fue la primera
mujer ingeniero en 1919. Rosario Madariaga egresó en 1891 como la primera
ingeniero agrónomo y en la arquitectura la pionera fue Dora Riedel, que se
recibió recién en 1930, poco después de que esa carrera fuera creada en la
universidad.
Otros hitos de las
posibilidades de acceso de la mujer a la educación fueron la fundación de
algunas escuela normales femeninas a contar de 1854; escuelas técnicas
femeninas a partir de 1888 y la fundación del Liceo N°1 de Niñas, el primero de
su tipo en el país, en 1895.
Sólo en 1932, la Universidad
Católica siguió el ejemplo de la Universidad de Chile y abrió la posibilidad de
acceder a la educación superior a la mujer.
En 1935, irrumpió el MEMCh,
liderado por la abogada Elena Caffarena, movimiento que desarrolló una intensa
lucha por la obtención del voto femenino universal y por los derechos sociales,
políticos y económicos de las mujeres.
La primera gran aspiración
femenina fue incorporarse a las estructuras educativas del país. Más tarde, en
1915 hubo un cambio de rumbo en las reivindicaciones de las mujeres y se apuntó
a los cambios legales. Así se formó el llamado Círculo de Lectura, impulsado
por Amanda Labarca y que fue duramente criticado por la beatería social y
política. Algunos periódicos como El Diario Ilustrado y La Nación las atacaron
tenazmente, motejándolas de “masonas y destructoras de hogares”. En ese tiempo,
Delia Matte Izquierdo fundó el Club de las Señoras, entidad destinada a
“divulgar ideas filosóficas y doctrinas políticas”. Casi paralelamente, en
1919, Amanda Labarca Hubertson creó el Consejo Nacional de Mujeres que procuró
lograr mayor justicia social para las mujeres.
Desde principios de siglo XX
existieron diversas otras organizaciones femeninas de origen mutualistas
fundadas en las últimas décadas de siglo XIX como el Centro Belén de Zárraga,
en Iquique; y El despertar de la mujer, en Valparaíso. De raíz socialista,
ellas fueron fundamentales en la denuncia de las precarias condiciones de vida
y de trabajo de las mujeres y sus hijos. En enorme mayoría laboraban como
empleadas domésticas, obreras y trabajadoras de muy baja condición. Las mujeres
burguesas, en tanto, se concentraban en las tareas domésticas y la crianza de
sus hijos.
Destacaron la Unión Obrera
Femenina, creada en 1921, y la Internacional de los Trabajadores del Mundo. Ese
mismo año nació el Consejo Nacional Femenino, que se dividió en dos corrientes:
una, la anarco sindicalista y otra, la socialista, la FOCH. En 1935, irrumpió
el MEMCh, liderado por la abogada Elena Caffarena, movimiento que desarrolló
una intensa lucha por la obtención del voto femenino universal y por los
derechos sociales, políticos y económicos de las mujeres.
El cambio más impactante y
sospechoso reflejado en las figuras del censo fue el de las costureras, quienes
ganaban menos de la mitad de lo que ganaban los hombres por el mismo trabajo.
La llegada a Santiago de una
población de origen rural y sin recursos abrumó a la burguesía de la época,
quienes aislaron la creciente mancha urbana. Después de 1860, una gran cantidad
de mujeres trajo a sus familias a radicarse en los ranchos que circundaban Santiago.
Ellas trabajaban en el comercio, las industrias caseras y en manufactura
doméstica. Las mujeres excedían a los hombres en una proporción de 113 a 100.
Los hombres que migraron buscaron trabajo en la producción de salitre, la
construcción de ferrocarriles nacionales y en la expansión del sistema
portuario. Comparado con la migración estacional del peonaje masculino en el
siglo XX, las oportunidades del ingreso femenino eran exclusivamente urbanas,
atando a las mujeres al trabajo asalariado en las áreas pobladas. Los hombres
pudieron estabilizarse en el comercio regular y en labores de servicio, pero no
así las mujeres, quienes se incorporaron al servicio doméstico. En cuanto a los
mercados para sus oficios disminuyeron con el establecimiento de fábricas de
ropa, la mayoría de las mujeres pobres sobrevivió en actividades comerciales y
de servicio y un número menor encontró empleo en los talleres de manufacturas y
en las fábricas de la ciudad.
En 1857 comenzó una campaña
para regular y eliminar los modestos ranchos que rodeaban a Santiago con una
orden municipal, que se llevó a cabo en 1870 por Vicuña Mackenna. Eran los
esfuerzos de la élite por proteger a la “gente decente” de “hordas de hambrientos,
que fueron la nueva invasión de bárbaros que castigó a todas las civilizaciones
imprevisoras”. En el conventillo, las mujeres lavanderas, verduleras, costurera
se refugiaban pero al mismo tiempo mantenían una mísera calidad de vida. Los
problemas de esos cuartos de estrechas dimensiones eran la falta de agua, falta
de luz, alcantarillas abiertas o inexistentes, basura acumulada y una
inmundicia general, lo que era fuente de quejas a las autoridades municipales,
pero sin resultado. Fue tanto, que las tasas de mortalidad se elevaron de 31,6
por mil en 1886 a 37,6 en 1891, cuando una epidemia de cólera barrió la ciudad.
Llegan las provincianas
En 1890 y después de
instalarse en la capital, las mujeres fueron reclutadas para trabajar en las
recién establecidas fábricas de ropa, alimentos, cueros y textiles en Santiago
y Valparaíso. El trabajo se diversificó pero la paga continuó siendo miserable.
El censo del año 1930 dio como resultado un 38% de mujeres trabajando, mientras
que en las siguientes décadas este número de mujeres bajó hasta el 13%. Desde
1930 más de 100.000 mujeres trabajaban como empleadas domésticas. Pero durante
todo el período, el cambio más impactante y sospechoso reflejado en las figuras
del censo fue el de las costureras, quienes ganaban menos de la mitad de lo que
ganaban los hombres por el mismo trabajo.
Desde 1850 y hasta 1880, los
trabajadores se organizaron en sociedades de socorros mutuos, que sirvieron
para dar al obrero organización y movilización social. El carácter no confrontacional
del mutualismo femenino cambió en el siglo XX con la influencia de las
retóricas y tácticas anarquistas, volcándose cada vez más a las huelgas y
protestas callejeras para promover sus demandas. En esa lucha destacó Juana
Roldán de Alarcón, fundadora y presidenta de la Sociedad de Protección de la
Mujer. Su activismo partidista y la atención puesta en la Sociedad por la
prensa del Partido Demócrata mostraron que, antes de que se fundaran en Chile
las sociedades de resistencia de las mujeres, la Sociedad de Protección de la
Mujer representó uno de los primeros intentos en Santiago por organizar a las
mujeres trabajadoras para fines partidarios y sindicalistas.
En 1900, la militancia de las
obreras socialistas fue muy evidente cuando comenzaron a realizar huelgas, las
que lograron una participación de 23% entre 1902 y 1908. Sus principales
peticiones eran: recontratación de obreros despedidos, expulsión de
administradores abusivos, el aumento de salarios, limitar las horas de trabajo,
pagar las horas extras y el reconocimiento del sindicato.
La prensa y las costureras
En 1906 nació la Asociación de
Costureras que era el oficio más importante para las mujeres en la época. La
organización medió entre patrones y obreras logrando pactar “contratos de trabajo”,
inusuales en aquellos tiempos. Muchas mujeres activas se incorporaron la
Federación Obrera de Chile, FOCh, que buscó generar una unión de mujeres. En
1923, la participación en las huelgas de las obreras textiles y del tabaco
aumento la importancia de las mujeres obreras, socialistas y feministas.
El movimiento prosperó con la
prensa obrera. Carmela Jeria fundó “La Alborada” en 1906. La Asociación de
Costureras, lideradas por Ester Valdés, creó “La Palanca” el 1 de mayo de 1908.
En 1920 se excluyó a las mujeres de los trabajos en industrias pesadas y en
jornadas nocturnas. Se ordenó la construcción de salas cunas para infantes en
las fábricas y se decretaron las licencias maternales. La clase política
comenzó a preocuparse por la eugenesia, la salud maternal y la mortalidad
infantil.
El MEMCh llegó a tener unos 50
comités en todo el país y efectuó dos congresos nacionales donde definió como
su objetivo principal el lograr el voto para la mujer.
En 1923 había salas cunas en
un 33% de las fábricas de vestuario en Santiago, daban un mes de sueldo íntegro
y permiso por maternidad, además de asistencia médica y medicinas. En 1923 y
1924, Alberto Hurtado y Elena Caffarena elaboraron extensos informes sobre el
trabajo a domicilio. Los dueños de las fábricas bajo este resorte burlaban la
vigilancia y defraudaban la legislación social. En 1926, se formó una Oficina
de Inspectores del Trabajo especial y se llamó “Inspección Femenina”, donde
debían emitir informes y cobrar multas, supervisando las fábricas en que trabajaban
mujeres y niños
A finales de los 20’ el
proceso mutualista fue desgastándose. En poco más de una década las mujeres del
pueblo se quedaron sin “puentes cívicos” propios. Y la única alternativa fue el
paternalismo social del Estado, heredero del maternalismo social de la Iglesia
católica y de la alta burguesía nacional.
En 1920 había cerca de tres
mil escuelas públicas y ya en 1946 existían cuatro mil 500. El analfabetismo se
redujo de un 53% a un 25%. El aumento de la educación hizo posible el auge las
organizaciones de mujeres como la Gran Federación Femenina de Chile, el Partido
Cívico Femenino y el Partido Demócrata Femenino. En la década del 30’ un
creciente número de mujeres profesionales cumplía importantes tareas públicas e
institucionales, pero aun no tenían derecho a voto.
Elena Caffaerena y el MEMCh
Junto al Frente Popular surgió
el Movimiento Pro Emancipación de la Mujer Chilena, MEMCh, que entre 1935 y
1953 luchó por los derechos de la mujer. En él militaron mujeres burguesas,
profesionales, intelectuales, obreras y proletarias. Tuvo como fundadora y
motor principal a la abogada, experta en jurisprudencia, Elena Caffarena de
Jiles, esposa de Jorge Jiles, un destacado militante comunista que llegó a ser
senador de ese partido y administrador de la exitosa industria de textiles
Caffarena, creada por el padre de Elena, inmigrante español.
El MEMCh llegó a tener unos 50
comités en todo el país y efectuó dos congresos nacionales donde definió como
su objetivo principal el lograr el voto para la mujer. En 1942 Elena Caffarena
y Flor Heredia redactaron un proyecto de ley con ese fin. El MEMCh editó el
periódico La Mujer Nueva para difundir campañas en contra de la discriminación
de la mujer en los empleos, en la educación y en la participación; también
denunció la brutal explotación de las asalariadas, la desprotección de la
maternidad y la infancia, y los peligros del fascismo
Mujeres como Elena Caffarena,
Marta Vergara y Elisa Vergara recorrieron los sectores más vulnerables del país
organizando a las pobladoras, realizando talleres de educación popular y
fomentando su participación en la sociedad. El MEMCh fue, además, la primera
organización chilena en preocuparse por la libertad sexual de las chilenas.
En Chile recién en 1934 se
obtuvo el voto femenino municipal y para las elecciones de 1935 las mujeres
entregaron mayoritariamente el voto a la derecha. Tanto los partidos de derecha
como de izquierda se resistieron a que las mujeres votaran porque no sabían
cuál iba a ser el comportamiento de ellas frente a sus respectivos partidos y
también porque el tener una gran masa de votantes les significaba un mayor
trabajo, algo que se sigue repitiendo en la actualidad.
Finalmente, el 8 de enero de
1949 el presidente Gabriel González Videla, firmó la ley Nº 9.292, que otorgó a
las mujeres la posibilidad universal de hacer uso de su ciudadanía y votar en
igualdad de derechos. La ley comenzó a regir 120 días después de ser promulgada
en el Diario Oficial, el 14 de enero de 1949.
En los primeros comicios
parlamentarios en que participaron las mujeres, en 1950, la ex intendenta de
Concepción, Inés Enríquez Fröden, fue elegida diputada, siendo la primera
chilena en ocupar este cargo en la historia republicana de la nación. En 1952,
las chilenas votaron por primera vez en una elección presidencial.
https://interferencia.cl/articulos/las-batallas-de-las-chilenas-para-organizarse-y-votar
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